SAQUEN UNA HOJA EN BLANCO

“Saquen una hoja en blanco”.

Posiblemente esa orden fuera el comando más aterrador en el colegio.

Los pupitres y las sillas moviéndose bajo la agitación de los muchachos al recibir la consigna, reproducían un terremoto de tal magnitud que, hasta el Cristo de la pared, que observaba atentamente las clases desde encima de la pizarra, parecía asirse con más fuerza a la cruz.

Los estudiantes alargaban el momento de caos, para retrasar el tener que enfrentarse a la cuartilla vacía. 

Se eternizaban en los tirones a los cuadernos para conseguir el papel que delataría que no habían abierto un libro.

Subían y bajaban las cremalleras de los estuches con más parsimonia de lo habitual para hacerse con el bolígrafo que mordisquearían intentando que el conocimiento llegara espontáneamente a sus manos; como les pasa a esos médiums que comienzan a escribir de manera mecánica, supuestamente iluminados por un espíritu desde el más allá.

Era la primera vez que el profesor de Historia les daba la orden. El maestro se había incorporado al colegio al inicio del nuevo curso. Tenía esa edad indefinida en la que los niños ven una persona mayor y la sociedad una persona joven, y un aspecto tan normal que ni siquiera el más cruel de los chavales había conseguido bautizarlo con un mote más allá de “el nuevo”.

“Sacad una hoja en blanco”- dijo con su voz grave y áspera, pero sin un ápice de amenaza. Una voz que narraba con tal pasión los episodios de la historia que conseguía dar vida a los personajes más aguerridos, a los más pusilánimes traidores, a los genios más alocados, a los descubrimientos que cambiaron el curso de la historia, a los acontecimientos que, como él decía, “nos han hecho lo que hoy somos”. Conseguía con su forma de narrar los hechos captar la atención de los chicos avivando su imaginación.

Sabía bien cuál iba a ser la reacción de los muchachos. Esperó paciente a que abandonaran la puesta en escena para intentar rasgar unos minutos a tener que enfrentarse a la hoja en blanco. La situación incluso le provocaba cierta diversión y no le importaba fingir que no se daba cuenta del teatrillo alargándolo en el tiempo.

Cuando se calmó el seísmo y los estudiantes asimilaban ya su inexorable destino de recibir un cero en el examen sorpresa, “tan redondo y tan rojo como la bandera de Japón”, como les decía cuando les amenazaba, permanecieron atentos a las indicaciones del profesor.

Mientras con dramáticas caras de pavor esperaban el dictado de las preguntas, el profesor, les dijo: “¿Qué veis en ella?”

Comenzaron a mirarse unos a otros con extrañeza. No lograban entender el giro de guión.

Tímidamente y descolocados comenzaron a responder:

  • “Nada”. – respondió una voz desde el fondo de la clase.
  • “Una hoja vacía”. – dijo otra voz.
  • “Un folio en blanco”. – contestó una más.
  • “Evidentemente, todas las respuestas son correctas”, respondió el profesor.
  • “Ahora, escriban un momento de su historia personal que recuerden”.

Tras unos segundos de ojos en blanco, de resoplidos y de cierto nerviosismo, los estudiantes cogieron los bolígrafos y comenzaron a volcar palabras sobre la cuartilla.

Pasados 15 minutos, el profesor se dirigió de nuevo a ellos. “Se acabó el tiempo, pueden dejar el bolígrafo y la hoja sobre la mesa”.

“Ahora, pasen lo que han escrito a su compañero de pupitre y vuelvan a coger sus bolígrafos. Tienen 5 minutos para continuar lo que él ha redactado”. – dijo el profesor.

Pasados los 5 minutos, el maestro volvió a dar la orden de dejar los bolígrafos encima de la mesa.

Entonces preguntó a sus alumnos: “¿Ha sido fácil continuar lo que había escrito vuestro compañero?”

El “no” fue unánime.

“Quiero que con este ejercicio aprendan algo; la Historia se escribe sobre el pasado. Siempre. Y el pasado está ahí, inamovible. Cada uno lo transmite según su experiencia, conforme lo ha vivido. Y aunque el tiempo difumina los acontecimientos, la huella queda impregnando el ADN de una sociedad cuyos eslabones van engarzados a los del pasado. 

Cada persona que vive una guerra, que es parte de un descubrimiento, que redacta una ley, que escribe un libro o pinta un cuadro, o que simplemente como ustedes, a día de hoy, forman parte de una época, va a tener un eco en el futuro.

Vivimos escribiendo casi inconscientemente la historia actual sobre la anterior y más inconscientemente aun dejando un legado para el futuro. Por eso es importante entenderla.

Y aprendan una cosa fundamental, lo mismo ocurre en sus vidas personales. Cuando conozcan a alguien, sea un amigo, su futura pareja o un futuro compañero de trabajo, piensen que viene con un cuaderno en parte ya escrito y que somos una pieza de la continuación de su historia.

No podemos cambiar su pasado, pero cuando lo hayamos “leído”, podremos entenderlo y empezar a escribir las hojas siguientes juntos.

Cada persona tiene escritas las batallas que ha librado, sus fracasos y sus éxitos. Todo lo que le ha llevado a ser quien es y a actuar como actúa. Algunas cicatrices aún pueden estar frescas y otras apenas tendrán ya relieve. Entonces, cuando comprendamos esto, podremos empezar a escribir la historia juntos.

Nunca nadie supo explicar el significado tan bello de la Historia como D. Enrique. Nunca ningún profesor supo encaminar tan bien su asignatura a dejar unos valores cincelados en la mente y los corazones de sus alumnos.

#MaestrosInolvidables

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